jueves, 7 de marzo de 2013

Juventud

"Quería ser periodista porque cuando era muy joven, muy pequeño, muy niño, me gustaba coleccionar sellos. De alguna manera me gustaba viajar con la mente a través de las colecciones de sellos, y no sé por qué razón, extraña razón, llegué a la conclusión de que para viajar, que es lo que me gustaba a mí, tenía que ser o periodista o piloto de avión. Los pilotos de avión casi no viajan exceptuando por el aire y los periodistas… tampoco es que viajen mucho, ¿no? Pero bueno, a mí me parecía que ser periodista significaba poder viajar”.

Gervasio Sánchez nació en agosto de 1959 en Córdoba. Se trasladó a Cataluña cuando apenas era un crío. Nos cuenta que, las muchas horas de viaje en tren y en autobús pudieron haber influido en su deseo de viajar y conocer mundo.

Al hablar sobre la muerte de Franco, Gervasio sonríe y nos explica que la mañana siguiente al fallecimiento del dictador fue al instituto, en Tarragona, porque sentía curiosidad por ver qué era lo que estaba pasando. Cuando llegó, el centro se encontraba rodeado por los grises, y los antidisturbios estaban al caer. Apenas un puñado de sus compañeros había acudido al instituto, y en el ambiente se mascaba la tensión. “Y bueno, fue un momento muy curioso, porque dices ‘ostia, aquí empieza algo distinto. A partir de ahora ¿qué va a pasar?’. Había mucha inestabilidad por parte de todo el mundo, y parecía que la muerte de Franco marcaba la llegada de una nueva época con mucha inseguridad. Todo el mundo estaba muy preocupado por lo que podía pasar”.

Cuando acabó el instituto, se presentó voluntario al servicio militar obligatorio, en donde estuvo unos 20 meses, y nada más acabar empezó a hacer periodismo en la Universidad Autónoma de Barcelona.

Gervasio nos cuenta que, durante el tiempo que estuvo en la Universidad, leyó mucho a los corresponsales que iban a zonas en conflicto y comenzó a guardar recortes de periódicos sobre conflictos e historias que a él le interesaban para poder crear un archivo propio que le sirviera de guía en el futuro. “En aquel tiempo o te llevabas un archivo en papel o no había nada que hacer, y los archivos en papel te los tenías que ir haciendo tú mismo, recortando los periódicos”.



Consejo para jóvenes periodistas nº1

“Quizás lo menos interesante en la Universidad eran las clases. Lo importante era que dediqué mucho tiempo a leer, a ir al cine… La Universidad era una guía de trabajo, y esa debería ser la esencia de la vida de un estudiante de periodismo o de cualquier otra carrera que tenga que con enfrentarte a la realidad”.


Tras traernos los cafés, Gervasio nos explica el motivo por el cual se dedicó al fotoperiodismo. “Lo del fotoperiodismo fue algo natural al empezar a viajar, claro; era extraño que alguien viajara sin su cámara fotográfica, por lo cual me compré una. De hecho, nunca hice un curso de fotografía, sino que fui aprendiendo a partir de los errores que iba cometiendo, o sea, ensayo y error. Además, en aquellos tiempos ni siquiera podías ver los errores al momento, como ahora, que haces una foto y sale… Entonces tenías que hacer la foto, pasabas un mes por ahí, volvías, mandabas los rollos a revelar, esperabas por los rollos a revelar y cuando te llegaban ya los paquetes a casa empezabas a mirar fotos como un loco y bueno, a deprimirte. Porque siempre salían mal”.



Consejo para jóvenes periodistas nº2

“Los profesores universitarios deberían dejar bien claro que la censura es permanente en los medios de comunicación. Animaría a los estudiantes incluso a tomar una decisión cuando estás en primero, o antes de empezar la carrera, haría una entrevista: “¿Tú sabes qué es el periodismo? ¿Tú sabes a qué te vas a tener que atener? ¿Tú vas a aceptar irte de un diario porque te han prohibido sacar una historia, porque te han censurado? Porque eso es lo que va a pasar”.



martes, 5 de marzo de 2013

Introducción

Atocha, 8 de febrero de 2013.

Tras un mes buscando el momento oportuno para vernos, conseguimos concertar una entrevista con Gervasio Sánchez. Por precaución, llegamos a Atocha una hora antes de lo previsto, a las 14:30, y nos encontramos con Gervasio al lado del bosque tropical de la estación. El tiempo era oro, pues su tren salía hacia Zaragoza a las 16:45.

Era un día oscuro en Madrid, y las nubes envolvían Atocha, dándole un aire atemporal que, irónicamente, recuerda a las fotos de Gervasio, casi siempre en blanco y negro para mostrar la eternidad de la guerra en el tiempo.

Nuestro entrevistado surgió de entre la multitud con una pequeña maleta de ruedas y una carpeta de gran tamaño bajo el brazo. Vestía con sencillez. Nos dirigimos hacia una pequeña cafetería con vistas al bosque tropical; dos cafés con leche, un cortado y Gervasio, a pesar del frío, un café con hielo.

Nada más sentarnos, Gervasio sonrió y abrió la carpeta que llevaba consigo. En su interior, se hallaba una foto DIN A3 de Ernesto Che Guevara, tomada en Madrid a mediados de junio de 1959, en pleno franquismo. El autor de la fotografía, nos explica, era un viejo amigo suyo que, con 18 años, fue enviado a retratar al mítico guerrillero en su paso por España hacia la Cumbre de los Países No Alineados en El Cairo.

Los nervios iniciales se fueron disipando a medida que Gervasio nos tranquilizaba con su paciencia y buen humor, y tras guardar la fotografía, el periodista cogió nuestra grabadora con una sonrisa, la puso a su lado y dimos comienzo a la entrevista.

Entrevista a Gervasio Sánchez


           A continuación, publicaremos por partes la entrevista al fotoperiodista Gervasio Sánchez. 
          
          ¡No os lo perdáis!



martes, 26 de febrero de 2013

Próximamente...

En un par de días colgaremos la entrevista-reportaje sobre Gervasio Sánchez, fotoperiodista y corresponsal de guerra. Es, en nuestra humilde opinión, un trabajo perfecto para poder empezar a conocer a un periodista de tanto renombre y con una trayectoria profesional y humana tan brillante a sus espaldas.

Esperamos que os guste.


MJ y AST


jueves, 21 de febrero de 2013

Comentario "¿Es conveniente engañar al pueblo?", de Nicolas de Condorcet







Breve biografía de Nicolas de Condorcet:

Marie-Jean-Antoine-Nicolas Caritat Condorcet, marqués de Condorcet, nació el 17 de septiembre de 1743 en Ribemont, Francia, en una familia aristocrática. Huérfano de padre al poco de nacer, su mare le asignó a los ocho años un preceptor jesuita y a los once lo ingresó en el Collège des Jésuites de Reims. Estas experiencias infantiles pudieron incubar, por reacción, su anticlericalismo posterior y su ateísmo militante. En el Collège de Navarre de París mostró tempranas dotes matemáticas, y gracias a su profesor y después protector D’Alembert trabó en la capital francesa un estrecho contacto con los intelectuales de la Ilustración, contribuyendo a la redacción de la Enciclopedia. 

El interés de Condorcet por los problemas sociales y políticos se fue incrementando a finales del siglo xviii, cuando promovió y luego participó activamente en la Revolución Francesa. Republicano de tendencias moderadas, se opuso a la pena de muerte decretada contra Luis xvi y defendió a los diputados girondinos caídos en desgracia. Su postura independiente quedó de nuevo manifiesta al criticar la propuesta de Constitución del jacobino Hérault, lo que le valió la condena a muerte de la Asamblea por traición. Huido de la justicia, escribe su obra más conocida, el Esquisse d’un tableau historique des progrès de l’esprit humain, en la que traza el recorrido de la historia pasada, presente y futura como un progreso hacia las luces de la razón, la igualdad y la libertad gracias a los efectos de una instrucción cada vez más extendida.

Descubierto en un mesón donde sospecharon de su disfraz de campesino, Condorcet fue detenido y encarcelado, y dos días después, el 29 de marzo de 1794, lo encontraron muerto en su celda, seguramente por suicidio, junto al libro de Horacio que le había acompañado en su huida.


Breve sinopsis de ¿Es conveniente engañar al pueblo?:

En 1778, el monarca prusiano Federico II auspició un concurso de disertaciones filosóficas sobre si era útil para el pueblo ser engañado, bien induciéndole a nuevos errores o bien manteniéndolo en los que ya estaba. Condorcet escribió su disertación para este concurso, si bien no llegó finalmente a presentarla. La cuestión sobre si el gobernante debe o no mentir al pueblo ya era objeto de debate y reflexión en el siglo xviii, como muestra el poema epigramático de Goethe “Mentira o engaño”, en que el autor francofortino manifiesta su talante más cortesano dejando entrever que tal acción era un mal menor o, quizá, necesario: «¿Debe engañarse al pueblo? / Desde luego que no. / Mas si le echas mentiras, / mientras más gordas fueren / resultarán mejor».




              Comentario:

El Príncipe, de Nicolás Maquiavelo, es el origen de esta obra. El envío de sus tesis al monarca prusiano Federico II provocó que este se escandalizara y, aconsejado por D’Alembert, convocó un concurso de disertaciones filosóficas en 1778 sobre si era útil para el pueblo ser engañado, tanto si esto se producía al inducirles nuevos errores como si se daba manteniendo los que ya estaban. Nicolas de Condorcet redactó su disertación, pero finalmente no la envió; no obstante, el filósofo alemán la recogió tiempo después en su antología de originales presentados al concurso por el renombre de su autor y, por supuesto, por el propio contenido del texto. Así ha llegado hasta nuestros días.

~*~

La obra ¿Es conveniente engañar al pueblo?, de Nicolas de Condorcet, está dividida en dos partes, y, a su vez, en diferentes epígrafes cada una de ellas. A continuación, presentamos de forma esquematizada dichos epígrafes, para facilitar la comprensión del libro.

Primera Parte: 

  1. ¿Son útiles para el pueblo los nuevos errores?
  2. Una vez que la razón ha establecido verdades destinadas a servir de regla moral a nuestras acciones, ¿es útil para el pueblo apoyar estas verdades con errores, so pretexto de que es más fácil hacerle adoptar un error absurdo que hacerle entender las pruebas de una verdad?
  3. ¿Es, al menos, útil inspirar errores a los pueblos únicamente con vistas a extraer de ellos motivos sensibles y a su alcance para conformar su conducta a las reglas de la moral?
  4. Si el error es, en general, siempre perjudicial, ¿no habrá al menos algunos objetos acerca de los cuales sea, pro así decirlo, necesario, bien por cuanto a razón es por sí sola insuficiente, bien porque la verdad no esté al alcance de todos los hombres? ¿No será necesario el error para cierta clase de hombres?
 
Segunda Parte: 

  1. Si consideramos a los hombres entregados a sus errores, ¿podría ser útil dejarles así, destruir una parte de los errores para dejar subsistir el resto o cambiar un error mediante otros menos perjudiciales?
  2. Si los errores no son de utilidad general, ¿podrían ser de utilidad momentánea para un pueblo en particular?
  3. ¿Hay algún inconveniente en decirle la verdad al pueblo? ¿Qué medios es útil y lícito usar para atacar los errores populares?
  4. ¿Acaso no hay verdades que se harán perjudiciales para el pueblo porque éste las entendería e instruirían a quienes quieren proporcionarles los medios que quieren ilustrarse?

~*~

El autor esboza la primera cuestión de manera general, es decir, desde un punto de vista objetivo. Así pues, se plantea una dificultad: al tener cada hombre opiniones diferentes en cuanto a moral y política, pueden dos tener la creencia de que es útil decir la vedad al pueblo, pero luego, a la hora de la verdad, esas dos verdades pueden ser totalmente distintas. 

Aquí se plantea el concepto de utilidad general: si una persona quiere leyes que amparen sus intereses personales, quiere una ley de utilidad individual, la masa que representa con fuerza la utilidad general se opondrá, siempre y cuando tenga conciencia de sus propios derechos. 

Condorcet se pregunta si una sociedad debe saber toda la verdad moral y política, aun cuando alguna de esas verdades le sea perjudicial. De esto deduce que el decir medias verdades, que provocan errores, solo llevará a crear falsas conclusiones. “Nunca es la verdad lo que es perjudicial, y aun la verdad unida a los errores hacemos mal y mayor bien que lo que hayan podido hacer por sí solos los errores”. 

La recomendación de Condorcet es que todo hombre debe saber la verdad sobre su sociedad, sea cual se esta. 

En el segundo punto de la tesis se presentan inicialmente dos incongruencias: la primera, que cuando un hombre se cuestiona la veracidad de las opiniones (erróneas) y descubriese su falsedad, también se cuestionaría las verdades con esa misma base; y en segundo lugar, es imposible que los encargados de mantener esas falsedades en el pueblo no las aprovechen para establecer errores peligrosos. 

En el tercer epígrafe, concluye que un hombre que se guíe por una moral falsa convencido de que es verdadera, será expuesto a carecer de moral cuando descubra la falsedad con que ha estado comportándose hasta el momento, cuando descubra que esa verdad en realidad era un error. 

En el cuarto punto, el último de esta primera parte, el autor se remonta a la educación de los niños, afirmando que si no se les educa desde pequeños bien, se les priva de conocimientos útiles a la vez que necesarios. Así, la base de su moral será errónea, y se aferrarán a la larga con muy poco ímpetu a ella. 

En la segunda parte de la tesis de Condorcet, en el quinto epígrafe de su obra, explica la cuestión con dos ejemplos religiosos: por un lado, los inventores de falsas religiones, y, por otro, los reformadores de las religiones ya existentes. De los primeros dice que sus máximas son falsas, capaces de convertir en inútiles a los hombres. De los segundos, por otro lado, opina que, al menos, parecen tener como objetivo disminuir el número de errores y su carácter absurdo, si bien guiándose por una religión que ya existe y ya ha inducido a error al pueblo, intenta cambiar puntos de esa religión con ese objetivo. 

En el sexto punto el autor se centra en el patriotismo que los Estados han inculcado a sus pueblos. Así pues, opina que ese amor a la patria, a veces confundido con el amor propio y por los intereses propios de una nación, unido con los errores que conlleva y con el odio a otros pueblos, no hace más que promover guerras. Con lo cual, la utilidad de indicar a error a un pueblo en concreto es más que nula, nefasta. 

En el penúltimo epígrafe de la obra, Condorcet llega a la conclusión de que toda verdad es beneficiosa y útil para el pueblo. Dice, asimismo, que lo que temen los políticos y las clases religiosas que les lleva inducir errores al pueblo, no es al pueblo en sí, sino esa transición entre el error y la verdad. 

Concluye el autor que, entre los errores funestos para la humanidad, pocos son útiles, aun cuando el pueblo no tenga conocimientos o un pensamiento ilustrado para poder asumir las verdades, para no temer a estas, para verlas como algo útil por muy nefastas que sean.

~*~

Tomando las deducciones del ilustrado Nicolas de Condorcet, podemos destacar dos aspectos de vital relevancia: por un lado, que la verdad siempre será más útil que cualquier mentira o error, por muy mala que sea esa verdad; y, por otro lado, que la cuestión podría radicar en la educación que reciban las gentes de un pueblo. 

Así bien, teniendo en consideración sus reflexiones de, en primera instancia, la educación que reciben los niños, vemos claros ejemplos en nuestra sociedad y nuestra cultura de que desde los primeros años de vida se miente a los niños: pasando por leyendas absurdas como “El hombre del Saco” para aterrorizar a los críos si se portan mal; premiarlos con regalos si se les cae un diente con el “Ratoncito Pérez”, hasta llegar a instarles que se comporten bien durante todo el año para que “Papá Noel” o “Los Reyes Magos” les traigan regalos a fin y principio de año. 

Pueden parecer tradiciones entrañables, pero es innegable que la educación primera de los niños en el ámbito doméstico está guiada con mentiras para obtener de ellos el comportamiento que queremos que tengan. Pero no acaba ahí el problema, desde luego: al enterarse a una temprana edad de la verdad de esas mentiras, de su error, y por la tradición social, cuando esos niños sean adultos y tengan hijos, los educarán en las mismas mentiras “entrañables”. 

¿Cómo educar a una persona que por la sociedad en la que vive se le premia por un buen comportamiento motivado por razones falsas socialmente aceptadas? 

La cuestión sería fácil de responder s la cosa acabase ahí, pero la realidad es otra: aun cuando esas mentiras ocupan un período muy temprano en la vida de las personas, cuando los niños van creciendo no se les educa objetivamente en cuestiones tan importantes para la vida individual y en sociedad como lo son la política o la religión. De la primera pueden empezar a ser educados, instruidos, en la Universidad, en algunos casos; de la segunda, posiblemente nunca. 

No se educa a las personas a ser partícipes activos en la política. Saben que a los dieciocho años tendrán el derecho de votar; por sus propias ideologías o las que les han inculcado sus familias, pueden saber a qué partido van a votar o no. 

Pero desde luego, también es innegable que al cumplir los dieciocho años, los organismos educativos del Estado no han educado a las personas para mentalizarlos del poder de su voto, para concienciarlos del juego político que es, a fin de cuentas, lo que rige nuestra sociedad. 

Ahí es donde, en mi opinión, radica el problema: los españoles empiezan a conocer su Constitución, sus derechos y sus obligaciones en la Universidad, y dentro de esta, en los grados en los que es necesario conocerla, no en todas. 

Esta reflexión refleja muy bien la realidad social de España: la gente se mueve entre dos ideologías políticas tradicionales casi ciegamente, sin una educación previa objetiva, sin conocimiento de causa en muchos casos. La educación, tal y como está planteada, crea a personas susceptibles de ser engañadas o de creerse cuantos errores les pongan por delante, y cuando esa burbuja llena de mentiras estalla, pasa lo que pasa: la desafección política crece a marchas forzadas, nadie se cree nada, ni si quiere lo que siempre han sido verdades. La sociedad entra en una crisis interna, ideológica y de valoras, mucho más peligrosa que las crisis económicas. 

Así pues, la conclusión obvia es que no basta con decir la verdad para arreglar el problema. La cuestión radica en educar a las personas lo antes posible, desde los organismos educativos estatales, a tener un pensamiento crítico y a ser personas con conciencia política para saber dónde empieza una mentira y dónde acaba una verdad.
 


 
MJ


Nota:
Biografía, sinopsis y citas extraídas de: Swift, John: “El arte de la mentira política”. Diario Público, 2010.