jueves, 21 de febrero de 2013

Comentario "El arte de la mentira política", de Jonathan Swift







Breve biografía de Jonathan Swift:
Nacido en Dublín el 30 de noviembre de 1667, Jonathan Swift fue un satírico inglés cuya obra más conocida es Los Viajes de Gulliver. Al servicio de los whigs, Swift escribió varias sátiras, pero desencantado con ellos por motivos varios (por no favorecer su carrera eclesiástica y por no defender la Iglesia anglicana, sobre todo) se acercó a los tories, cuya satírica pluma quiso ofrecerles.

Así, entre 1710 y 1714, Swift, al que se conocía y temía como «príncipe de los panfletistas», estuvo directamente relacionado con Robert Harley, primer conde de Oxford, que fue speaker de la Cámara de los Comunes (1701-1704), ministro whig (1705-1708) y ministro tory (1710-1714) antes de quedar relegado con la llegada de los Hannover, y de sus ministros convirtiéndose en una suerte de propagandista oficiosos del gobierno.

Asumió, hasta junio de 1711, la redacción del grueso de los textos publicados por The Examiner, periódico fundado por un ministro tory (St. John) en noviembre de 1710 para favorecer la suerte política del gobierno. Swift siguió, después, atacando, por su pasada corrupción o por oponerse a la Paz, a los whigs en varios panfletos. Disfrutó en esos años de gran reputación como «folletinista no falto de ingenio», y tras la muerte de la reina Ana y la caída del gobierno, regresó a Irlanda, donde falleció en octubre de 1745.


Breve sinopsis de El arte de la mentira política:
Inútil recordarlo: política y mentira suelen ser buenas compañeras.
Parece, sin embargo, que los políticos de hoy mienten con torpeza: seguramente, a no pocos haría bien recordar las recomendaciones que algunos sagaces británicos dejaron escritas allá a principios del siglo xviii.
Cuando la incipiente política parlamentaria iba perfilando las modalidades de las que siguen viviendo nuestras democracias, Jonathan Swift y sus satíricos amigos descubrieron la siguiente verdad: el mentir bien a los ciudadanos no es cosa que se improvise; es un arte con todas sus reglas…




Comentario:
En 1733 se publica en Ámsterdam la traducción francesa de un tratado titulado El arte de la mentira política, firmado por Jonathan Swift. Se trataba de un folleto que anunciaba la próxima publicación de dos volúmenes que versarían precisamente sobre la mentira política; no obstante, nunca se llegaron a publicar. Asimismo, para ser fieles a la verdad, es preciso añadir que, aun cuando la firma que aparecía era la de Swift, El arte de la mentira política fue en realidad escrito por John Arbuthnot (1667-1735), “médico de la reina Ana y autor satírico escocés que ha pasado a la posteridad como inventor de ese personaje, Jonh Bull, que para siempre encarnará el estereotipo del carácter nacional británico”. Arbuthnot, que mantenía una gran amistad con Swift, era un autor reservado que otorgaba poca importancia al reconocimiento literario; de hecho, sus obras solían publicarse bajo pseudónimos, y cuentan sus biógrafos que permitía a sus hijos jugar con cualquier hoja de papel que se hallase en la casa, creando cometas a partir de los manuscritos de su padre. Jean-Jacques Courtine, en la introducción de la obra, lo expresa así: «Imaginar que los folios de este Arte pudieron flotar atados de un hilo siguiendo los caprichos del viento, para mayor gozo de la chiquillería, otorga a las páginas que siguen un aliento particular, como un soplo de libertad. Los escritos vuelan, y con ellos las mentiras”.

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Siguiendo el ejemplo de Maquiavelo con su libro El Príncipe, John Arbuthnot pretende sintetizar la tipología de las mentiras políticas a lo largo de la Historia, tesis merecedora de figurar en la Enciclopedia y de convertirse en un elemento indispensable en la «educación del príncipe hábil». El arte de la mentira política tiene como finalidad, pues, explicar dichas mentiras independientemente del tiempo y el lugar, creando así una guía que sirva para generaciones futuras.

La obra de Arbuthnot se divide en dos volúmenes; el primero, a su vez, está dividido en once capítulos. Sobre este primer volumen versará nuestro análisis.

En primer término, el autor, como filósofo, intenta explicar por qué el hombre miente desde lo más profundo de su ser: desde el alma, a la que divide en dos partes: para Arbuthnot, tiene una forma cilíndrica con dos bases planas. La cara que forma el cilindro representaría el lado del diablo, la parte del alma que distorsiona la realidad de lo imaginaria, la “parte mentirosa”. Las dos bases circulares pertenecerían a Dios, la “parte de la verdad”. De ello se deduce que el arte de la mentira política reside, pues, en la parte cilíndrica del alma.

Arbuthnot también reflexiona sobre las cualidades del espíritu, entendidas por el autor como la malicia y lo maravillosa, ambas guiadas por el amor propio de cada uno. Esta observación le permite, junto a su concepto de alma, pasar a definir la mentira política.

Según este autor escocés, la mentira política es “el arte de hacer creer al pueblo falsedades saludables y hacerlo a buen fin”. Con ayuda de ejemplos contemporáneos, Arbuthnot demuestra que existen falsedades saludables, y fija unas normas para calcularlas en libras, chelines o peniques.

A continuación, legitima la mentira política basándose en que el pueblo no tiene derecho a la “verdad política”. En este punto, determina “si el gobierno y solo él tiene derecho a acuñar las mentiras políticas”. Su conclusión es que el pueblo, aunque no tiene derecho a saber la verdad política, si tiene derecho, en parte, a inventar y difundir mentiras políticas. Esta es el arma del pueblo para derrocar a un ministro o a un gobierno.

A lo largo de la obra, Arbuthnot, ayudándose a veces de diversos ejemplos, divide la mentira política en diferentes tipos. A saber, sintetizando las conclusiones del autor:

-          Mentira por calumnia (“arrebata a un buen hombre la reputación que se ganó justamente).

-          Mentira por aumento (“atribuye a un gran personaje mayor reputación que la que se merece”).

-          Mentira por traslación (“transmite el mérito de una buena acción a un hombre u otro poseedor de cualidades superiores”).

-          Mentiras que espantan o infunden terror.

-          Mentiras que animan y enardecen.

-          Mentiras de promesas (etc.)

Asimismo, explica la forma de averiguar, en una mentira, quién la proclamó, cuándo y dónde.

Finalmente, en el último capítulo del libro, el undécimo, Arbuthnot plantea lo siguiente: “si una mentira se contrarresta mejor con una verdad o con otra mentira”. Así bien, afirma que para él la mejor manera de destruir una mentira es oponiéndole otra.

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Al leer esta, digamos, tesis de John Arbuthnot sorprende la vigencia con la que aun hoy en día podemos encontrar los diferentes tipos de mentiras políticas, cada vez a mayor escala. Como el autor pretendía, es una obra que ha perdurado en el tiempo, que no conoce fronteras, porque ¿qué político no ha mentido alguna vez en los últimos tiempos?

No tenemos que irnos muy lejos. Durante la segunda legislatura de José Luis Rodríguez Zapatero, según el Gobierno español, el país no estaba sufriendo una crisis, sino, ni más ni menos, una “desaceleración del mercado”. Hace poco más de un año, el actual Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, afirmó categóricamente que no iba “a tocar” ni las pensiones, ni la educación, ni un largo etcétera. Pero el largo etcétera no acaba ahí.

La mentira política incluso ha llevado a países a guerras. Todos tenemos bien presente las famosas bombas de destrucción masiva que, según el expresidente estadounidense George W. Bush hijo, poseía Saddam Houssein. Consecuencia: invasión de Irak. Miles de civiles iraquíes muertos. Familias de soldados norteamericanos destrozadas. Periodistas asesinados. Daños colaterales, como no. Unidas a los intereses económicos e ideológicos de los medios de comunicación, la mentira política se convierte en puro opio para el pueblo. Por poner otro ejemplo, remontémonos al 2004 y a la cabezonería del diario “La Razón” y del periodista Federico Jiménez Losantos, entre otros, de que los atentados de Atocha habían sido perpetrados por ETA aquel fatídico 11 de marzo en Madrid, aun habiéndose demostrado que tal organización terrorista no había sido la culpable.

Por supuesto, hay que matizar: con estas afirmaciones, supongo que ni Arbuthnot ni, desde luego, yo, pretendemos meter a toda la clase política “en el mismo saco”. Claro está que hay políticos que, por alguna razón, no tienen tan desarrollada es parte cilíndrica de su alma. Demos gracias por ello.

Sin embargo, sorprende ver cuánta mentira tras mentira se le dice o pretende hacer creer al pueblo. Sospecho que son fervientes seguidores de cierta parte de la filosofía kantiana. 

Todo esto me recuerda, inevitablemente, a la tesis de Schmitt: todo partido político, todo Estado, necesita un enemigo y, a su vez, rodearse de amigos que le apoyen. En el caso de España, esta lucha constante la capitanean, por un lado, el Partido Popular y, por otro, el Partido Socialista. Entre sus amigos, no solo se encuentran el resto de partidos políticos afines a su ideología, sino que se unen medios de comunicación que no parecen otra cosa que sus portavoces oficiales. ¿Ética? ¿Dónde?

Así, uniendo este planteamiento de Schmitt con el de Arbuthnot, llegamos a la conclusión de que los políticos españoles, esos que mienten, esos que estafan, esos que tienen extremadamente desarrollada la parte cilíndrica del alma, dicen una mentira para rebatir a su enemigo político; este enemigo, o uno de sus amigos, ataca con un verdad, y un medio de comunicación amigo de su enemigo se encargará rápidamente de recordar que hace unos meses dijeron algo totalmente opuesto… 

Un lío, ¿verdad? Ahí se encuentra el pueblo español, con legitimidad, según Arbuthnot, para recibir mentiras y, a su vez, con capacidad para generarlas. Quizá debiéramos mentir un poco más.


MJ




Nota:
Biografía, sinopsis y citas extraídas de: Swift, John: “El arte de la mentira política”. Diario Público, 2010.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Carta a un político

      Pregunta usted por los problemas actuales, los cuales son atribuidos por parte de los ciudadanos a la democracia en sí, y más concretamente a la clase política. ¿Mi opinión? Para serle sincera, me es imposible resumirla en una hoja, pero haré lo posible.

       Para empezar, y desde la humildad, creo firmemente que los problemas actuales tienen una gran relación con nuestra Constitución. Sí, es la ley de leyes, la que rige nuestra sociedad, pero qué quiere que le diga, fue redactada por una serie de hombres que en su mayoría ya han fallecido, en un contexto muy distinto al actual y para regir a una población que, obviamente, ha cambiado muchísimo desde entonces. Con ello quiero decir, aunque creo que es fácilmente deducible por lo que he expuesto, que me parece absolutamente necesaria una reforma de nuestra Constitución.

      En segundo lugar, y nuevamente desde mi relativa ignorancia, le diré que hace tiempo que la sociedad española, a mi parecer, ha perdido la fe, por llamarlo de alguna forma, en las instituciones. Tras la multitud de casos de corrupción política, de la puesta en libertad de personas que han blanqueado miles de millones de euros, de la manifiesta influencia de los políticos en medios de comunicación y justicia, de los fallos de los tribunales a favor de altos cargos de partidos y empresas, del poder de los mercados y de los bancos en la dirección de nuestro país, de la vergonzosa actuación y participación por parte de miembros de la propia Casa Real en operaciones fraudulentas que una gran mayoría de la población consideramos que no tendrán repercusión negativa alguna en dichos miembros, etc., no puede usted esperar que sigamos confiando en que la justicia es igual para todos, en que el Gobierno y los partidos velan especialmente por el bienestar de los ciudadanos y en que priman los derechos y libertades básicos, así como los deberes, del pueblo sobre los intereses de unos pocos. Tíldeme si lo desea de ilusa, de superficial si quiere, pero desde luego no se nos demuestra algo distinto.

      En tercer lugar, es para mi evidente, aunque probablemente usted no lo considere así, que la clase política precisa de una renovación. Los líderes de los partidos son personajes rancios, muñecos sin voluntad propia que parecen bailar al son de la música que tocan ciertos grupos de poder. Obviamente, esto también se aplica, y como ya he dicho en mi humilde opinión, al resto de la cúpula de los partidos, independientemente de su ideología. Creo que es necesario que los políticos evolucionen, adaptándose a los nuevos tiempos y a la nueva sociedad española, porque le aseguro que la impresión que nos crean, si bien puede ser errónea, es la de unas gentes aún ancladas en la Transición. Y querido señor mío, de eso hace ya más de 30 años, por muy decisiva que fuera para la instauración de la democracia en España.

      Obviamente, no podemos culpar únicamente a los políticos. Al vivir en una democracia, es el pueblo el que elige a sus gobernantes; evidentemente, es uno de los pilares básicos de este régimen. De modo que tampoco podemos clamar a los cuatro vientos que es la clase política la única responsable de esta crisis. La desafección ciudadana ha sido un factor, a mi parecer, decisivo en la situación a la que hemos llegado, y por supuesto que, como pueblo, debemos entonar el mea culpa. No obstante, es indignante que se ignoren como se hace las demandas de la población una vez esta ha despertado de su letargo, coartando nuestros derechos y libertades básicos. Y repito: esto es independiente de la ideología de cada partido.

      Aquí me gustaría transmitirle mi opinión sobre nuestra bien amada Unión Europea, a la que con tanto esfuerzo nos unimos y que tanto esfuerzo nos está costando seguir en ella. No le voy a decir que ha sido un tremendo error adherirse a la comunidad europea, pero para serle sincera, y le admito que por supuesto nos ha reportado numerosos beneficios en muy diversos ámbitos, creo que la Unión Europea empezó a fallar en cuanto se dividió en una Europa de dos velocidades en la que ciertos países tienen más poder, tanto económico como político, que otros. No veo igualdad, por muy utópico que pueda sonarle, por ninguna parte. El tema de la nueva moneda, el euro, que tan lucrativo sería para todos, perfiero, si no le importa, dejarlo a un lado. Daría para un libro entero hablar únicamente de las mentiras dichas sobre ello y los problemas que nos ha causado.

       Finalmente, querría añadir una puntualización, un término que un profesor mio nos explicó hace algún tiempo: democracia poliárquica. Evidentemente, puedo haber entendido mal el concepto, pero creo que hace referencia a una democracia imperfecta, a aquella que no es una auténtica democracia. Resulta obvio que alcanzar una democracia real, perfecta, es imposible, pero en mi humilde opinión creo que en el caso de España hemos ido más allá de la propia democracia poliárquica, hasta el punto que me es imposible incluir nuestro régimen en alguna de las clasificaciones que el profesor nos mostró. Y, si bien es probable que esto se deba, como ya he dicho con anterioridad, a mi propia ignorancia y a lo ilusa que puedo llegar a ser, me aterra observar el declive de mi propio país, la humillación de mis conciudadanos, el atraso que se está produciendo en nuestra sociedad, la barbarie a la que nos someten los mercados y la inactividad de nuestros políticos.

      He aquí, pues, y a grandes rasgos, mi opinión sobre los temas actuales. Habrá observado usted que no he dado ninguna solución concreta, ninguna propuesta. Espero que comprenda que me es imposible hacerlo en tan poco espacio. Deme unas cuantas hojas más, y las tendrá.

AST



viernes, 26 de octubre de 2012

A galopar

           Después de este parón de casi tres meses por motivos personales, volvemos a la carga con más ganas que nunca.

Durante este tiempo, hemos asistido a numerosas manifestaciones y concentraciones en contra de los recortes que se están llevando a cabo. Tras mucho reflexionar, hemos deducido que estas movilizaciones no son tan eficaces como la situación requeriría, pues antes de criticar las actuaciones externas (léase políticas del Gobierno, de la oposición y de la Unión Europea), sería conveniente hacer una crítica interna, social. ¿Qué es más coherente, asistir a una manifestación convocada sin unos objetivos claros desde un principio, gritando consignas cuestionables, sin tener una conciencia colectiva en lugar de una individualista y egoísta, o considerar que los problemas existentes nos afectan a todos, aunque no sea directamente?
 
En definitiva, ¿qué nos haría más fuertes, ir todos en diferentes embarcaciones con distintas banderas, o sumarnos a un único barco, más poderoso, que enarbole una misma bandera, la de nuestros derechos?



No lo olvidemos: “A galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar”.
 






Hemos vuelto.

MJ y AST